José Alfredo Martínez, Cooperativista.

El cooperativismo es una de las mayores fuerzas sociales y económicas basadas en la solidaridad, pero su brillo se apaga cuando la forma legal opaca su esencia fundacional. Hoy, el modelo necesita una limpieza profunda. Expertos y líderes coinciden: para rescatar los valores de ayuda mutua y democracia, es urgente emprender la tarea de «quitar lo que sobra»—la pasividad del socio, el enfoque meramente lucrativo y la burocracia—para forjar de nuevo al verdadero cooperativista activo y comprometido.

Introducción: La Cosecha y el Deshoje. El modelo cooperativo, fundamentado en los principios de ayuda mutua, democracia y equidad, se ha consolidado como un propulsor económico y social inigualable.

Sin embargo, con el crecimiento y la complejidad del siglo XXI, a menudo se corre el riesgo de que la forma eclipse al fondo. Es por ello que observamos organizaciones que, si bien mantienen la denominación legal de cooperativa, han dejado que prácticas ajenas a su espíritu –el individualismo, la burocracia excesiva o la simple búsqueda de rentabilidad sin compromiso social– se arraiguen en su estructura y cultura organizacional.

En consecuencia, para preservar la esencia de este modelo único, es imperativo iniciar la tarea de «poda y despojo»: quitando lo que sobra para que la planta (el cooperativismo), pueda florecer con más fuerza y autenticidad.

  1. El Lastre que Opaca la Misión. Para cumplir este objetivo debemos determinar qué es, exactamente, lo que debemos quitar, es decir, no se trata de eliminar la eficiencia social o la innovación, sino de extirpar aquellos elementos que son contrarios a los principios fundacionales del cooperativismo, tales como:
  2. El Mito de la Rentabilidad Única: Se debe podar el enfoque exclusivo en el lucro individualista para reorientarlo hacia el beneficio colectivo y la satisfacción de las necesidades comunes de los asociados.

 

  1. La Pasividad Asociativa: En muchas cooperativas, sobre todo en las llamadas grandes, el socio ha pasado de ser un dueño y gestor activo a ser un mero cliente pasivo. Por eso se debe quitar la indiferencia y la delegación total, para incentivar la participación real y democrática de los socios.

 

  1. La Burocracia y la Distancia: Todos sabemos de cooperativas cuyos procesos internos son, a veces, excesivamente complejos o centralizados, y que esto ocasiona distanciamiento de la dirigencia de la base social. Para mantener esta necesaria cercanía se debe quitar la rigidez innecesaria que sofoca la espontaneidad y la cercanía inherentes al modelo cooperativo.
  2. La Doble Vía: El Socio como Usuario y Dueño Activo. La principal «malezas» a extirpar del ecosistema cooperativo es la actitud de simple consumidor por parte del asociado.

La formación del verdadero cooperativista comienza por entender y ejercer la doble función que define al modelo: ser simultáneamente Usuario y Dueño. Quitar lo que sobra, en este contexto, significa quitar la cómoda delegación y el rol pasivo para asumir su protagonismo en los procesos de gestión.

Esto debe ser así porque el socio cooperativo no es solo alguien que recibe un crédito, compra productos o utiliza un servicio (el rol de Usuario). Eso es solo la mitad de la ecuación. La esencia se encuentra en la otra mitad: el rol de Dueño, para lograrlo:

  1. El Dueño Asume Responsabilidad: El asociado debe internalizar que la cooperativa le pertenece. Esto implica tener un compromiso ineludible con la gestión, la vigilancia de los principios y la toma de decisiones.
  1. La Gestión Democrática (1 Socio, 1 Voto): Este principio solo es efectivo cuando el socio se capacita para votar con criterio. El verdadero cooperativista sabe que su voto en la Asamblea no es un mero trámite, sino el ejercicio soberano de la condición de dueño.

Veamos un ejemplo, el caso de la Cooperativa «Horizonte Solidario». La Cooperativa «Horizonte Solidario» enfrentó un problema común: en los últimos años, la asistencia a las reuniones y asambleas había caído al 5%, indicando una profunda pasividad de sus asociados. Para revertir esta tendencia, iniciaron una campaña de «Despójate y Participa», que tenia los siguientes elementos:

  1. Eliminación de Barreras: Para esto procedieron a simplificar el lenguaje de los informes financieros (quitando la jerga técnica innecesaria) y descentralizaron las actividades y asambleas a nivel de barrio o sector.
  1. Formación Activa: Crearon «Escuelas de Dueños» donde no solo se explicaban las finanzas, sino también los riesgos de la inacción y sus responsabilidades como parte fundamental del capital social de la cooperativa.
  1. Resultado: Al cabo de dos años de implementación, la asistencia subió al 35%, y lo más importante, las discusiones pasaron de ser quejas de clientes a debates de dueños sobre la estrategia a largo plazo.

Este ejemplo demuestra que, al quitar las barreras de la complejidad y la indiferencia, se empodera al socio para ejercer plenamente su rol de dueño.

III. El Compromiso de la Dirigencia: Liderar con Principios.

La «poda» debe comenzar por la cabeza. Los líderes cooperativos tienen la responsabilidad histórica de ser los guardianes de la esencia y naturaleza social del modelo cooperativo.

Deben ser los primeros en quitar de sí cualquier tentación de personalismo, caudillismo o de replicar modelos jerárquicos empresariales que no corresponden al espíritu de la cooperación. La dirigencia debe despojarse de la opulencia y la distancia, promoviendo la transparencia y la rendición de cuentas. Su liderazgo debe ser un ejemplo de servicio y no de poder.

Conclusión: Un Modelo Despejado y Vigente.

El cooperativismo no es un modelo del pasado; es, de hecho, la respuesta más pertinente a los desafíos de desigualdad y exclusión de nuestro tiempo. Pero para que esto se cumpla, es fundamental realizar esta poda de manera continua. Al quitar el individualismo, la pasividad y la burocracia que lo asfixia, se redescubre un modelo ágil, democrático y profundamente humano.

La meta es clara, quitar lo que sobra para hacer espacio y permitir que prevalezca la esencia. Solo así podremos formar generaciones de verdaderos cooperativistas, garantizando que este modelo continúe siendo una herramienta poderosa para construir un futuro más justo y equitativo.

Por ello el llamado a la «poda necesaria» no es un ejercicio nostálgico; es una estrategia de supervivencia. En un mundo que clama por modelos económicos más justos y resilientes, las cooperativas despejadas de sus lastres son la respuesta.

Depende de que cada directivo, gerente y, sobre todo, de cada asociado, asuma su doble rol de dueño y usuario.

Dejando atrás la cómoda postura de la delegación para abrazar la responsabilidad con la propiedad colectiva. Solo así, al centrarnos en la esencia, garantizaremos que este legado de ayuda mutua no solo sobreviva, sino que se convierta en el pilar inquebrantable de la economía del futuro.

La hora de ser dueños, y no solo clientes, es ahora.

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