Antes de ser una estructura institucional, la democracia en el cooperativismo es una convicción personal, es un estilo de vida. Ejercer la democracia a nivel individual dentro de una cooperativa significa asumir el rol de asociado activo, no de un simple cliente o espectador.

Enrique Quiñonez.

Cuando pensamos en la palabra democracia, la mente suele viajar de inmediato a las urnas electorales, a los parlamentos, las reuniones, asambleas y a los debates. Sin embargo, reducir la democracia a un evento que ocurre cada uno, dos o cuatro años es perder de vista su verdadero poder transformador.

Existe un ecosistema donde la democracia no es un evento fortuito, sino el oxígeno diario que lo mantiene vivo: el cooperativismo. En el ADN cooperativo, la democracia no es un requisito legal o una moda; es su segundo principio: “Gestión democrática por parte de los miembros”. Pero, ¿qué significa realmente esto y cómo se traduce en el día a día de nuestras personas socias e instituciones?

Antes de ser una estructura institucional, la democracia en el cooperativismo es una convicción personal, es un estilo de vida. Ejercer la democracia a nivel individual dentro de una cooperativa significa asumir el rol de asociado activo, no de un simple cliente o espectador.

Bajo la máxima de «un asociado, un voto«, el cooperativismo rompe con la lógica del capital, donde mientras más dinero tiene, más poder de decisión se tiene. En las cooperativas el valor reside en la persona, en la gente y sus necesidades. Ejercer este derecho con responsabilidad implica informarse, educarse y participar con criterio propio.

En lo personal, la democracia cooperativa nos exige entrenar la empatía. Significa aceptar que nuestras ideas pueden no ser mayoritarias, respetar y apoyar las decisiones colectivas incluso cuando la opción propia no resultó ganadora.

La democracia es derecho, pero también es deber. Esto implica cuidar el patrimonio común, fiscalizar con respeto y aportar constructivamente al desarrollo y crecimiento de la persona, la cooperativa y la comunidad.

A nivel institucional, la democracia cooperativa es el motor que garantiza la equidad, la transparencia y la sostenibilidad de la entidad. No es un camino fácil, los procesos democráticos en ocasiones toman más tiempo que las decisiones autoritarias, pero es el único que asegura la paz social, gobernabilidad y el arraigo de la organización.

Las asambleas, los consejos de administración, vigilancia y comités son la máxima expresión de la institucionalidad democrática. Su rol no es mandar, sino gestionar el mandato que la base social (asamblea) les ha confiado.

Una institución cooperativa democrática no teme a las preguntas de sus asociados; al contrario, propicia espacios claros, auditables y comprensibles para mostrar cómo se gestionan los recursos de todos.

La democracia institucional sana evita el enquistamiento del poder. Promueve la formación de nuevos cuadros y líderes para asegurar el empalme generacional con la incorporación y renovación de las ideas.

Hoy más que nunca, el mundo necesita mirar el ejemplo del cooperativismo. En tiempos donde la polarización y la desconfianza institucional crecen a nivel global, las cooperativas demuestran diariamente que es posible hacer empresa de manera eficiente, rentable y, al mismo tiempo, profundamente democrática.

Ejercer la democracia en la cooperativa, en la junta directiva, en la fila de atención, en la asamblea anual o en la conversación cotidiana entre asociados, es el acto más revolucionario y pacífico que tenemos para construir una sociedad más incluyente y justa. Cuidemos la democracia cooperativa, porque al hacerlo, estamos cuidando el futuro del modelo y la sociedad en general.

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