Los casos de desvío no anulan la existencia de sólidas estructuras de auditoría interna y externa, ni la labor de las entidades supervisoras estatales que buscan garantizar la salud social y financiera, y el apego a la ley. El camino ante las fallas es fortalecer estos controles, no desmantelar la confianza en todo el modelo.

José Alfredo Martínez.Cooperativista.

No juguemos a la generalización: El cooperativismo es más grande que sus fallas individuales.

Recientemente, algunos casos aislados de mala gestión, comportamientos inapropiados o acciones que se desvían de los principios fundamentales del cooperativismo han puesto al sector cooperativo bajo el foco del escrutinio público.

Es natural que la sociedad reaccione ante la noticia de que entidades, nacidas bajo el estandarte de la solidaridad y la ayuda mutua, puedan ser desnaturalizadas por la ambición o la falta de ética de algunos de sus dirigentes o miembros.

Sin embargo, se comete un grave error (una injusticia) al permitir que estos hechos particulares dictaminen el juicio sobre un movimiento que, a nivel global y nacional, demuestra diariamente su impacto social y económico innegablemente positivo en las personas y las comunidades.

La razón principal por la que no debemos caer en la generalización radica en la estructura y la filosofía misma del modelo cooperativo. A diferencia de las corporaciones con fines de lucro tradicionales, las cooperativas se rigen por los bien conocidos Principios Cooperativos, los cuales son reconocidos internacionalmente.

Las acciones deshonestas de unos pocos no representan, ni pueden representar, el cumplimiento masivo y la adhesión a estos principios que exhiben miles de cooperativas que operan con transparencia y éxito.

El sector cooperativo no es una entidad monolítica. Es un vasto ecosistema compuesto por organizaciones de diferentes tamaños y finalidades. Juzgar a todo el sector por la conducta de una minoría es tan absurdo como condenar a todas las empresas mercantiles o las organizaciones sin fines de lucro por los errores de unas pocas.

Las cooperativas son motores económicos que generan empleos estables y distribuyen la riqueza de manera más equitativa en sus comunidades.

En muchos lugares, las cooperativas de ahorro y crédito son la única opción para la inclusión financiera al permitirles a las personas acceder a servicios financieros, como son las poblaciones rurales o de bajos ingresos.

Su enfoque en el «Interés por la Comunidad» significa que sus excedentes a menudo se reinvierten en proyectos locales, impulsando el desarrollo social y económico en las comunidades donde ejercen sus funciones.

Es imperativo reconocer que el cooperativismo responsable está activamente comprometido con la autorregulación y la mejora constante de sus mecanismos de vigilancia.

Los casos de desvío no anulan la existencia de sólidas estructuras de auditoría interna y externa, ni la labor de las entidades supervisoras estatales que buscan garantizar la salud social y financiera, y el apego a la ley. El camino ante las fallas es fortalecer estos controles, no desmantelar la confianza en todo el modelo.

Debemos concluir que el cooperativismo, en su esencia pura, es una herramienta poderosa para construir una economía más justa, solidaria y democrática. Las desviaciones éticas y legales de una ínfima parte deben ser condenadas y corregidas con todo el peso de la ley y de la supervisión, pero nunca deben ser usadas como excusa para desnaturalizar o desestimar el valor y el trabajo honesto de millones de cooperativistas en todo el mundo. El movimiento cooperativo es más robusto, ético y necesario que los errores de quienes traicionaron su confianza.

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