El culto a la personalidad se manifiesta cuando la figura del líder se eleva por encima de los estatutos, los órganos de administración y control e, incluso, de los propios socios
José Alfredo Martínez.
Las cooperativas desde su nacimiento están adheridas a valores que les distinguen de otros tipos de instituciones, algunos de estos son: igualdad, equidad, democracia y solidaridad.
En estas organizaciones, cada socio tiene derecho a voz y voto sin importar la cantidad de sus aportaciones económicas, y las decisiones se toman colectivamente en pro del bien común.
A pesar de estos fundamentos filosóficos, que le son inherentes, no están exentas de ser afectadas por la práctica de culto a la personalidad y el caudillismo, distorsionando sus valores fundamentales y comprometiendo su buen desempeño social y la sostenibilidad.
El culto a la personalidad se manifiesta cuando la figura del líder se eleva por encima de los estatutos, los órganos de administración y control e, incluso, de los propios socios. Este fenómeno no surge de la nada, sino que a menudo, un líder carismático y eficaz en sus inicios puede, con el tiempo, comenzar a ser visto como insustituible, indispensable, casi mesiánico. Esta idolatría trae consigo graves perjuicios como:
- Erosión de la democracia interna: El principio democrático de «un socio, un voto» se diluye, convirtiendo las asambleas en meros formalismos para ratificar decisiones ya tomadas por el líder o su círculo cercano. La crítica es percibida como expresión de deslealtad, y se va disminuyendo la participación activa de los socios ante la sensación de que sus opiniones no importan y ni son valoradas.
- Falta de transparencia y rendición de cuentas: Cuando se asienta el culto a la personalidad y la confianza ciega en el líder, se reemplazan los mecanismos de control, desapareciendo la necesaria e importante tarea de la fiscalización, la cual se vuelve laxa o inexistente. En este entorno, las decisiones financieras, estratégicas o administrativas pueden tomarse sin la debida supervisión, abriendo la puerta a manejos indebidos o, en el mejor de los casos, a errores que nadie se atreve a señalar.
- Estancamiento y falta de innovación: El líder con culto a la personalidad tiende a imponer su visión única. Se inhibe la generación de nuevas ideas, el debate constructivo y la adaptación a nuevos escenarios. La cooperativa se vuelve menos ágil y resistente frente a los desafíos del mercado o los cambios en las necesidades de sus socios.
- Dependencia crítica y crisis de sucesión: La excesiva dependencia de una sola figura crea una fragilidad inherente. La cooperativa afectada por este tipo de liderazgo puede quedar a la deriva, sin planes de sucesión claros ni la capacidad de autogestionarse, poniendo en riesgo su viabilidad en caso de suceder una inesperada y definitiva ausencia del líder.
Por la otra parte está el caudillismo, que también en el contexto cooperativo, se caracteriza por un ejercicio del poder basado en la influencia personal y el carisma, más que en la autoridad estatutaria y la concertación. El caudillo se rodea de leales, creando una estructura informal de poder que anula los elementos formales de gobierno cooperativo:

- Clientelismo y favoritismo: El caudillo puede utilizar los recursos de la cooperativa o las oportunidades para beneficiar a sus seguidores, creando redes de dependencia que socavan la meritocracia y la igualdad de oportunidades entre los socios. Las decisiones se toman por lealtad, no por idoneidad.
- Polarización interna: Este fenómeno fomenta la creación de facciones dentro de la cooperativa de un lado están los «leales al líder» y del otro, aquellos que buscan un liderazgo más democrático, colectivo y participativo. Esto genera un ambiente de desconfianza y conflicto entre los asociados que impide la creación de un ambiente de colaboración y trabajo en equipo, los cuales son esenciales para que se manifieste el espíritu cooperativo.
- Abuso de poder y autoritarismo: El caudillo puede ignorar los estatutos, pasar por encima de los órganos de administración y vigilancia, e incluso manipular los procesos electorales para perpetuarse en el poder o incidir a favor de sus leales. Las decisiones impuestas, en lugar de consensuadas, generan resentimientos y desmotivación entre los socios.
- Pérdida de la esencia cooperativa: En su forma más extrema, el caudillismo transforma la cooperativa de una organización democrática a una entidad controlada por un individuo o un pequeño grupo. Aquí los valores de autoayuda, auto-responsabilidad, democracia, igualdad, equidad y solidaridad quedan relegados a un segundo plano.

Para proteger el futuro de las cooperativas, es fundamental combatir el culto a la personalidad y el caudillismo, lo cual requiere un compromiso colectivo con:
- Educación y formación: Es necesario capacitar a los asociados sobre los principios cooperativos, sus derechos y deberes, y la importancia de la participación activa y el control democrático.
- Fortalecimiento institucional: Se debe asegurar que los estatutos sean claros y se cumplan, que los órganos de gobierno y fiscalización funcionen de manera independiente y efectiva, y que existan mecanismos transparentes de rendición de cuentas.
- Promoción de nuevos liderazgos: Es crucial que se fomente y practique la rotación de roles, la formación de nuevos talentos y la creación de una cultura donde el liderazgo sea colectivo y no dependa de una sola persona. Que se programe el empalme generacional.
- Cultura de crítica constructiva: Crear una cultura que propicie el surgimiento de un ambiente donde las discrepancias sean vistas como una oportunidad de mejora y el debate franco, abierto y sin miedo a represalias sea el motor que garantice el crecimiento de la cooperativa.
En un entorno cada vez más desigual, las cooperativas son pilares de desarrollo comunitario y económico. Protegerlas del culto a la personalidad y el caudillismo es asegurar que sean faros de democracia, equidad y participación para todos sus asociados; que sigan siendo la herramienta ideal para la construcción de un mundo mejor.










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