Practicar la integración significa ir más allá de la mera afiliación o de la participación esporádica en eventos. 

Enrique Quiñonez.

En el seno de nuestro sector, a menudo escuchamos la predicación sobre la vital necesidad de la integración cooperativa. Hablamos de sinergias, de economías de escala, de mayor incidencia y de la fuerza que emana de la unión. Y, ciertamente, estas son verdades innegables que sustentan la visión de un cooperativismo más robusto, eficaz y resiliente.

Sin embargo, sabemos que existe una brecha fundamental entre este discurso y la práctica real de la integración cooperativa.

Predicar sobre el cooperativismo es reconocerlo como una verdad; al mismo tiempo podemos afirmar que practicarlo es vivir esa verdad, es tomar una actitud para acciones concretas que materialicen nuestra prédica.

La verdadera integración cooperativa no se construye con palabras bonitas en conferencias, diálogos y escritos, sino con decisiones estratégicas audaces y acciones  concretas que reafirmen, con hechos diarios, el compromiso de cada cooperativa y de sus líderes con nuestro modelo cooperativo.

Practicar la integración significa ir más allá de la mera afiliación o de la participación esporádica en eventos.

Esto se manifiesta colaborando en proyectos concretos que permitan desarrollar iniciativas conjuntas que beneficien la confederación, federaciones y a las cooperativas, ya sea en la creación de estructuras de compras, manejo de tecnología, educación, formación o gestión de servicios.

También creando plataformas para el intercambio de mejores prácticas, transferencia de tecnología y optimización de recursos humanos y materiales.

 

Esto nos permitirá presentar un frente común ante los intentos y desafíos regulatorios, económicos y sociales, amplificando nuestro impacto y poder de negociación.

Fomentando la intercooperación económica para priorizar las relaciones comerciales y financieras entre nuestras propias entidades, fortaleciendo la cadena de valor interna del cooperativismo. Con lo cual romperemos las barreras y los egos que harán posible dejar de lado los intereses individuales en favor del bien común del movimiento, entendiendo que el éxito de uno beneficia a todos.

La integración cooperativa no es una opción, es un imperativo estratégico imprescindible para la supervivencia y el crecimiento de nuestras organizaciones en un entorno cada vez más competitivo y globalizado.

No basta con aplaudir la idea; es hora de que cada cooperativa, cada directivo y cada asociado asuma una participación activa en la construcción de esa realidad.

Es momento de transformar los discursos en acciones, las intenciones en resultados tangibles. Solo así podremos demostrar que el cooperativismo no solo predica la unidad, sino que la practica con convicción, para el beneficio de nuestras familias, comunidades y de la sociedad en general.

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